Si,
como dice Gadamer, la historia es la conversación que somos, ¿qué papel juega
el silencio entre los interlocutores? El conversador trabaja en el espacio de
la mudez, mientras que el comunicador, y aquí pienso en Habermas, es solidario
con lo manifiesto, con lo transmitido y, por ende, con todo cuanto es explícito
por la voz oficial. Ambos son, sin embargo, persuasores. La diferencia estriba
en que aquél persuade eróticamente, y éste, racionalmente. El conversador de la
historia debe ir a corriente de las palabras, sin pese a todo olvidar cuán
tributarias son éstas del silencio.
21 abr 2014
28 mar 2014
malditismo digital: Tao Lin
Preferiría
no hacerlo, y sin embargo, es menester que de cuando en cuando haya quien alce
la voz en son de protesta. Hace bien poco, me cayó en suerte asistir a una
conferencia del profesor Patxi Lanceros. Tenemos tanta urgencia por avanzar,
por sumarnos al tren del cambio, que a menudo olvidamos que el futuro puede
hallarse a nuestras espaldas, decía el filósofo. Pues bien: su reflexión ha
acometido mi mente hoy mientras leía un artículo sobre el "escritor"
Tao Lin. Este "adalid del alt-lit" (alternative literature), la rama
hipster de la literatura estadounidense, se ha hecho merecedor de atención por
parte de la crítica desde Robar en America Apparel (2012), novela
generacional que, al decir de muchos, es una lúcida "reflexión sobre el sinsentido
en el siglo XXI". La autora del artículo, Alina Lakitsch, no duda en
comparar a Lin con Samuel Beckett y otros "escritores generacionales"
de indiscutido renombre en la historia de la literatura. Preferiría no hacerlo,
pero no creo que los receptores de la herencia joyceana, autores en muchos
casos afectados por ambas guerras mundiales, puedan compararse con ciertos
jovencitos neoyorquinos que hablan sobre Internet en sus novelas. Si este es el
testimonio generacional que abanderará la nueva literatura, prefiero buscar el
futuro a nuestras espaldas. Prosigue Lakitsch: "Taipéi es el título de su
última novela, que gira alrededor de las drogas, las fiestas que acaban en
vacío y los amores estériles". O dicho, en fin, de otro modo: el enésimo
fraude autobiográfico de un joven que considera que su estúpido malditismo
digital puede arrojar interés para otras personas. Su protagonista es Paul, un
joven escritor que malgasta su tiempo en internet, se atiborra de fármacos y se
rodea de personajes apáticos incapaces de expresar lo que sienten. En
definitiva, la novela de un incomprendido; otra autoalabanza de un duquesito
calavera. El diletantismo y la frivolidad como los nuevos valores de la
intelligentsia. La alegoría de un mundo anómico, donde el amor es un protocolo
ocasional inducido por las drogas. A decir verdad, un motivo sobeteado desde
hace aproximadamente cien años. La diferencia entre Beckett y Lin, y me avergüenza
tener que incidir en esto, radica en que aquél fue testigo del verdadero
sinsentido; el sinsentido que aniquila a las personas y las priva de un
lenguaje emancipador, mientras que éste sólo lo escenifica con propósitos
abiertamente mercantiles. Ya lo decía Brecht, el malestar estético es la
preocupación de quienes no tienen preocupaciones.
14 mar 2014
Didactismo
Las reflexiones de Ranciere o Eagleton en atención a
los orígenes ideológicos de la estética, entendida tal cosa como fenómeno en
íntimo arraigo con la política, me infunden no pocas dudas. Bien que por móviles
diversos, ambos autores concurren en una idea común que, por lo demás, nada
tiene de iluminadora. Emancipación y dominación, burguesía revolucionaria tan
pronto como allegada al poder dominante.
Ambos son sobrehaces de la confundible moneda del arte, como en definitiva ya
sabía Schiller. En el último libro de Eagleton, dedicado a la literatura, el
autor se pregunta si acaso un panfleto didáctico no puede encerrar arte, si
acaso no hay cosa como una propaganda que pueda atraer nuestra atención conforme
a motivos estrictamente estéticos. ¿Por qué albergamos animosidad, enconados
prejuicios frente al didactismo? Es claro: el didactismo alecciona, nos enseña
qué debemos pensar, y no que simplemente debemos pensar, sin una orientación
programada de antemano.
21 feb 2014
Autoficción: ¿nombres nuevos para viejas prácticas?
En
sentido lato, puede decirse que mi investigación discurre a tenor de dos hechos
que han maravillado al entendimiento filosófico desde muy antiguo. Aludo, por
un lado, a aquello que llamamos ficción, es decir, el hecho cautivante de que
exista algo falso capaz de erigir realidades y, por otro, a la identidad, el
enigma de si acaso es dable algo como un centro, una unidad subjetiva, y no una
diversidad proteiforme de apariencias en lo que atañe a los sujetos y a la
realidad misma por añadidura.
Ambos
son motivos que atraviesan la narrativa de Vila-Matas de punta a cabo. Y lo
hacen en una medida tal, que podríamos tomarlos como elementos hipotéticos de
una estética, como programa encubierto, como teoría secreta disfrazada de
anti-teoría. La supuesta estética de la autoficción, sin embargo, no es cosa
cuyo monopolio pertenezca exclusivamente a la actualidad. Veamos por qué.
En
aras de averiguar si tiene sentido invocar esta categoría para caracterizar la
obra vilamatiana, he propuesto en mi investigación una genealogía que se
remonta al romanticismo alemán. Allí, en autores como Friedrich Schlegel,
encontramos precedentes teóricos que ponen de manifiesto cuán fecunda ha sido
esta problemática para los filósofos y literatos de todos los tiempos. Y aun
cuando historiográficamente la acuñación de esta categoría a menudo se ha
circunscrito a la polémica Lejeune-Doubrovsky en el seno de la crítica francesa
de los años setenta, la cuestión ha estado presente en la tradición occidental
desde sus mismos albores. ¿Cuál es, pues, esta cuestión nuclear? ¿Cuáles son
las paradojas que comprometen al emparejamiento de identidad y ficción? Helas
aquí: cuando un sujeto creador, sea éste un filósofo o un literato, se presenta
ante aquellos que serán sus potenciales receptores, ¿cómo lo hace? Más que eso:
¿cómo se presenta ese sujeto creador ante sí mismo?
Interrogantes
tales son los que espolean la obra de Vila-Matas. Y sin embargo, su caso es
harto tardío, casi epigonal. Tomemos como ejemplo el género de la confesión;
esa figura literaria cuyo cometido es la plasmación de un yo que trata de
esclarecerse a sí mismo. No son en modo alguno parvos los ejemplos que se
podrían referir a este respecto. Tenemos a San Agustín, pero también los
ensayos de Montaigne, la confesión de Rousseau, la anamnesis identitaria de
Proust, y tantos otros. Ahora bien: el caso Vila-Matas descuella frente a todos
ellos por su mucha originalidad. En él, por ejemplo, el género post-proustiano
de la rememoración ficcional no pasa por autoficción, como tampoco lo hace la
autobiografía con fisionomía de cuento. Para Vila-Matas, subsiste la sospecha
de que, allí donde hay confesión del yo, hay al propio tiempo y forzosamente su
ocultación. Y en la medida en que tal cosa ocurre, el autor comienza a abrigar la
sospecha de que posiblemente la creación consista en una apertura a los muchos
otros que siempre y soterradamente anidan en el uno. Todo confesor es un
falsario. Confesar el yo sobre el papel en blanco es una trampa: autoficción no es otra cosa que la autobiografía bajo una sospecha tal. Si,
como parece apuntar Vila-Matas, la sola posibilidad de decir yo
está estrechamente relacionada con la posibilidad de escribir, el espacio
autobiográfico se nos aparecería en consecuencia como aquella dimensión cabe la
cual hay lugar para instaurar un “ser uno mismo” tanto como un “ser el otro”.
La autognosis, como creía Ricoeur, la cifra este autor en el momento en que la
mismidad se avecina con la otredad.
18 feb 2014
El mal de Cézanne
En
literatura, pero también en pintura, existe una estética de lo incompleto, de
lo inacabado. Piénsese en Richter, o en Alice Munro, por ejemplo. Son autores
que trabajan por elipsis, de suerte que construyen tan pronto como ocultan,
erigen una pantalla, y luego la velan, con el resultado de rehabilitar aquello
que está implícito en la obra, pero no puede ser dicho o mostrado.
(Des)escribir, sin embargo, no equivale a la correción metódica, a las
maniobras de bricolaje oculto, sino al hecho de decir con el silencio, de
pintar con lo imperceptible. El problema de Cézanne; cómo terminar la mirada,
no es sino el acicate esencial de toda creación: el descubrimiento de que crear
equivale a subrayar la incompletud de toda obra, y de lo real por añadidura.
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